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Historias de amor y poder: Pablo Neruda & Delia del Carril

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[Jorge Camarasa] Cuando se conocieron, ella pintaba caballos salvajes y él escribía versos bellos y tristes. Casi sin que se dieran cuenta, una noche de 1934 la vida los cruzó en Madrid, y contra todo pronóstico las siguientes dos décadas iban a pasarlas juntos y acabarían siendo inseparables.

La mujer argentina del poeta

pablo-neruda-y-esposa-001Cuando se conocieron, ella pintaba caballos salvajes y él escribía versos bellos y tristes. Casi sin que se dieran cuenta, una noche de 1934 la vida los cruzó en Madrid, y contra todo pronóstico las siguientes dos décadas iban a pasarlas juntos y acabarían siendo inseparables. Ella era veinte años mayor, heredera de una familia de estancieros de la pampa húmeda, y él el hijo de un obrero ferroviario y de una madre pobre que casi ni conoció.
Cuando se separaron, no hubo marcha atrás ni remedio posible, y los sobrevivió la dureza y el desencanto. La de la argentina Delia del Carril y el chileno Pablo Neruda, fue una historia de amor militante, acunada por el sueño inconcluso de la revolución.

***

Ella. Hija de terratenientes, nieta de ministros, quinta de trece hermanos, Delia del Carril había nacido en 1884 en Polvaredas, la estancia que la familia tenía en el partido bonaerense de Saladillo. Criada por institutrices y rigideces principistas, fue educada primero por las monjas de la Asunción, en París, y luego por las del Sagrado Corazón de Madrid.
Para cuando cumplió 21 años y fue presentada en sociedad, el padre se había suicidado y Delia vacilaba su vocación entre el canto y la pintura. Vivía la mitad del tiempo en París, y allí animaba reuniones a las que asistía un gaucho de estirpe rancia, Ricardo Güiraldes, quien acabaría por casarse con su hermana Adelina. Güiraldes, quien no había escrito todavía su “Don Segundo Sombra”, sería su Celestina particular: un día llegó a la estancia de Polvaredas con su amigo Adán Diehl, y Delia acabó enamorándose de él, a quien le llevaba cuatro años.
Fue como un cuento de hadas. Se casaron en Mendoza, primera escala de un viaje a Jamaica por el Pacífico, y terminaron viviendo en Mallorca, en una villa de Formentor, que cuatro años después Delia abandonaría para siempre ante la evidencia de que su esposo era infiel.
De vuelta a Buenos Aires, según su biógrafo chileno Fernando Sáez, se convertiría en “un personaje necesario, animadora, con un cerebro privilegiado para la improvisación, interesada en todo, con una curiosa manera de asociar muchas ideas y formar un discurso atractivo, que ella misma terminaba por tomar en broma para que no fueran a tomarla en serio”.
Eran los primeros años de la década de 1920, y Delia integraba un grupo de artistas del que participaban Güiraldes, Borges, Raúl González Tuñón y el pintor Pedro Fígari, con quien mantenía una relación amorosa. Tomaba clases de pintura con Juan Del Prete, frecuentaba a María Rosa Oliver y a Antoine de Saint Exupery, y en 1929 regresaría a Francia.
Sería entonces cuando su vida daría un vuelco.

892548 10151443775917842 1018979634 oDelia del Carril y Adán Diehl

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A principios de los años treinta, en París, Fernand Leger sacudía el mundo de la pintura: tenía ideas propias, introducía engranajes y elementos industriales en su obra, y Delia se sintió atraída por su propuesta.
Comenzó a tomar clases con él, a frecuentar su estudio y a redescubrir personajes de esa ciudad que conocía tan bien. De la mano de Leger conocería a Picasso, al novelista Blaise Cendrars y al poeta Paul Eluard, y el contacto con las vanguardias iba a modificarle su percepción de la realidad. Los escucha discutir, empieza a leer textos marxistas, y para 1932 termina afiliándose al Partido Comunista francés, y se inscribe como pintora en la Asociación de Artistas Revolucionarios.
En Buenos Aires, cuando su familia se entera, estalla el escándalo. Pero es inútil: la aristócrata se ha descarriado y renunciado a su pensamiento de clase, y en los meses siguientes se mudará a España, invitada por Rafael Alberti y María Teresa León, a vivir en carne propia la primavera igualitaria de la República.
En 1934, cuando ya ha comenzado a trabajar en la Alianza de Intelectuales, un hombre se cruzará para siempre en su camino.

***

El. Para 1934, ya hacía mucho que Pablo Neruda había dejado de llamarse Ricardo Neftalí Reyes Basoalto, tal cual había sido bautizado. Nacido treinta años antes en Parral, un pueblo minero del sur de Chile, aunque había escrito libros como “Residencia en la Tierra” y “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, no vivía de su oficio de poeta sino de su trabajo como diplomático.
Había recorrido los rincones alejados del mundo. Había sido agregado de embajada en Rangún, Birmania, y luego cónsul chileno en Sri Lanka, Java, Singapur y Buenos Aires, y en 1934 estaba recién llegado a España, donde debía hacerse cargo del consulado en Barcelona. Desde 1930 estaba casado con una holandesa, María Antonieta Hagenaar, Maruca, y habían tenido una hija que nació condenada a muerte: Malva Marina tenía hidrocefalia.
Aunque los primeros meses en España Neruda se había instalado en Barcelona, sus visitas a Madrid eran frecuentes y su jefe, el embajador Carlos Morla Lynch, acabó por autorizarle el traslado a la capital. Vivía con Maruca en un departamento cerca de la Ciudad Universitaria, pero en los hechos ya no eran una pareja, y por las noches, mientras su mujer se quedaba en casa, él hacía la vida bohemia que mejor le cuadraba. Se encontraba con Federico García Lorca, a quien había conocido en Buenos Aires, y un grupo de poetas españoles, y amanecían en la Cervecería de Correos de la calle de Alcalá, bebiendo anís.
Allí conocería a Delia del Carril, esa argentina que le llevaba veinte años, y la relación comenzaría sin esconderse. Al principio se los debe haber visto como una pareja extraña: él, físicamente opaco, con algunos kilos de más y mucho cabello de menos, y ella, graciosa y desenvuelta, con una delicadeza que a veces podía parecer fría y distante.
La situación política los acercaba. En 1935 los aires de España ya olían a fiesta y tragedia, y a comienzos de 1936, con la victoria del Frente Popular y la instauración de la República, las cartas estaban echadas. Para mediados de ese año, tras una ola de violencia el país iba a partirse en dos, y comenzaría la guerra civil. Para Neruda, el primer muerto entrañable de esa guerra sería Federico García Lorca, fusilado en Granada por los nacionales franquistas.
Delia y Pablo ya eran una pareja comprometida con la causa republicana, y ella comenzaba a leer, revisar, corregir y sugerir sobre los originales que él escribía, un trabajo que iba a hacer durante años. Para fines de 1936 viajaron a Barcelona, luego a París, y en octubre de 1937 llegaron a Santiago de Chile.

10608751 10152387585557842 2320730226814025111 oDelia del Carril y Pablo Neruda en Cuba.1942.

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La vida de Neruda y del Carril en la capital chilena iba a discurrir entre reuniones políticas, solidaridad militante con la República española y una gran producción poética. Alternada con otro viaje a París y una escapa a Buenos Aires, donde Delia resolvería su divorcio de Adán Diehl, ella es recibida con los brazos abiertos por el grupo de amigos del poeta, que la llama “Hormiga” por su infatigable capacidad de trabajo.
Al tiempo de estar viviendo en Santiago, Delia encuentra una casa en Isla Negra, un pequeño caserío de pescadores cercano al puerto de San Antonio, donde pasarían largas temporadas. En esa casa mítica, el poeta escribiría algunos de sus mejores versos, y ella sería la anfitriona perfecta de los amigos que llegaban sin cesar. Los dos militaban a tiempo completo en el Partido Comunista, y en 1940, cuando la guerra en Europa acababa de estallar, se mudarían a México, donde Neruda había sido designado cónsul general de Chile.
México, en 1940, no era un jardín inmóvil. Acababa de ocurrir el asesinato de Trotsky y los refugiados políticos en la capital mexicana estaban convulsionados. Por la casa del poeta y Delia desfilan pintores como Siqueiros y escritores como León Felipe y José Bergamín, que están exiliados allí. Dos noticias, por esa época, golpean dolorosamente a Neruda: su hija Malva Marina ha muerto en Holanda, y el poeta Miguel Hernández, tuberculoso, en la cárcel española de Alicante.
Durante la estancia en México, Neruda se divorcia de Maruca Hagenaar, y se casa por civil con Delia, que en el certificado de matrimonio falsea la edad y quita unos cuántos años a los sesenta que en verdad tiene.
En ese mismo año la pareja regresa a Chile, y Pablo es elegido senador por el Partido. Sus críticas al gobierno le valen un juicio y un pedido de detención, y tiene que pasar a la clandestinidad hasta que logra salir a París y desde allí a la Unión Soviética, Rumania y Hungría, siempre con Delia.
En 1949 la actividad política los volvería a llevar a México, y allí otra mujer, la definitiva, se cruzaría en la vida del poeta.

***

Apenas terminado el Congreso Latinoamericano de Partidarios de la Paz, que los había devuelto a México, Neruda se enfermó y la pareja debió quedarse unas semanas en la capital azteca. Una chilena que estaba allí de gira, cantante, se ofreció para cuidar al paciente. Se llamaba Matilde Urrutia, tenía 37 años, y ella y Neruda se habían conocido fugazmente en Santiago un tiempo antes.
Matilde ya no se separaría de Pablo, y la relación se haría permanente y al principio clandestina. Lo seguiría a Capri –desde donde Delia, todavía ignorante de la infidelidad, regresaría a Chile-, le inspiraría los “Versos del capitán”, que no puede firmar porque están inspirados en Matilde, y en 1952, tras el regreso del poeta a su patria, ella iría tras sus pasos.
En Chile iban a transcurrir los últimos tramos de la historia de amor militante entre Neruda y Delia del Carril. Juntos participan de la primera de las cuatro campañas presidenciales de Salvador Allende y trabajan sin descanso para el partido en el frente intelectual.
Matilde es, todavía, una sombra inasible que ronda la vida del poeta, pero la suerte de Delia está jugada. Sus encuentros en Santiago y en Isla Negra son furtivos, secretos, con la complicidad de algunos amigos, y del Carril, que permanece ajena a todo, les deja el camino libre al viajar a París para ocuparse de la edición del “Canto general”.
Es a su regreso de Francia cuando la evidencia de lo que ocurre le cae encima: alertada por una amiga de que Matilde ha estado viviendo en Isla Negra mientras Neruda terminaba de escribir sus “Odas elementales”, una carta de su esposo a la amante, encontrada teatralmente en un bolsillo, termina por enfrentarla a la situación.
Es el golpe del engaño, la deslealtad y lo imperdonable, y aunque Neruda quiere explicarse, argumenta y le confiesa que se ha enamorado de Matilde, Delia corta por lo sano y se separa de él y de todos los amigos que habían encubierto la relación.
Abandonada, agobiada por el desencanto, regresa a París.
Frenética, retoma sus estudios de grabado y comienza a dibujar en carbonilla caballos salvajes como los ha visto de niña en la estancia familiar. El reconocimiento le llega como un consuelo: sus obras se venden y es invitada a exponer en Santiago y en Moscú.
Tras la separación, algunos de los viejos amigos han optado por ella, y recibe en su casa a Nicolás Guillén, a Victoria Ocampo y a Dominique, la viuda de Paul Eluard. Alguien le alcanza un poema del último libro de Neruda, donde lee unos versos que la estremecen:
“Delia es la luz de la ventana abierta/ a la verdad, al árbol de la miel,/ y pasó el tiempo sin que yo supiera/ si quedó de los años malheridos/ solo su resplandor de inteligencia/ la suavidad de la que acompañó/ la dura habitación de mis dolores…”

***

En 1966 se dicta la sentencia de divorcio que Neruda le había pedido, y cuatro años después, cuando Allende gana las elecciones a Presidente, el triunfo se festeja en su casa varios días.
En octubre de 1971, Pablo Neruda obtiene el Premio Nobel de Literatura, y Delia, que había desistido de la tintura y tenía el cabello blanco, lo ve por televisión a su regreso a Chile, junto a Matilde, aclamado por multitudes.
Los festejos son las últimas brasas de una hoguera que se apaga irremediablemente. Dos años más tarde, en septiembre de 1973, un golpe militar encabezado por Augusto Pinochet acaba con las esperanzas socialistas, y Salvador Allende se suicida tras haber combatido unas horas en defensa de la constitucionalidad.
Pablo Neruda no iba a sobrevivirlo mucho, y moriría dos semanas después. Cuando Delia se enteró de la noticia, sus amigos la encontraron en la cama, llorando, preguntándose si alguna vez él la había querido.

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