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Nos sucedió durante aquellos meses de abril y mayo de 1991

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Homer Dávila G

 La tarde del 22 de abril de 1991, se registró un devastador terremoto con epicentro en el valle de la Estrella en Limón.


Yo tenía tan solo 10 años de edad. Eran casi las 4pm, cuando de repente el movimiento rompió la calma. Por un momento pensamos que pasaría, pero a los pocos segundos el movimiento fue en aumento. Vivíamos en un barrio pobre, el barrio Cristóbal Colón o Cieneguita en la ciudad de Limón.

Al incrementarse el movimiento, recuerdo que mama nos sacó corriendo de la casa, papá (†) luego de un día duro de trabajo estaba arrecostado y fue el último en salir.

Al correr hacia el patio trasero, llegó un momento en el cual era imposible mantenerse en pie. Asustados caímos al suelo, cuando en cuestión de segundos se forma una enorme grieta a menos de un metro donde nos encontrábamos. El sonido era ensordecedor. Yo como era un niño no sabía lo que estaba ocurriendo, quizás por ello no tuve pánico. Recuerdo ver la casa a punto venirse al suelo. De las grietas que se formaban en el suelo salía abundante agua con arena (el famoso fenómeno de licuefacción y volcancitos de arena).

No recuerdo exactamente por cuanto tiempo estuvimos en el suelo, pero creo que fue por espacio de un minuto. Al incorporarnos tratamos de salir a la calle, y aquello era espantoso. La gente gritaba, lloraba, corría. Las casas de los vecinos que se jactaban de ser muy bonitas, eran las que se habían agrietado y derribado. En cambio la nuestra al ser de madera, logró resistir el terremoto.

Ya en la calle, la gente seguía en estado de pánico. Los postes del tendido eléctrico se habían venido al suelo. Todo aquello era un caos total. A los pocos minutos del terremoto, sentimos otro sismo más intenso que el terremoto de Cinchona. El pánico se volvió apoderar de la gente. El sonido fúnebre de los nuevas réplicas nos erizaba la piel. Lo recuerdo bien.

Aquello era como estar en un funeral de toda la ciudad, pues el llanto no tenía fin. Era un velorio comunal.

Las réplicas continuaron llegando cada no sé cuantos minutos. Las noticias corrieron, en el centro de Limón había gente herida y también fallecidos. Uno de los tanques de RECOPE en Moín había explotado y trabajadores habían fallecido en lugar. No había noticias de nada. Ni la policía, ni los cuerpos de emergencia daban si quiera luz de estar preocupados.

La noche fue muy obscura, sin luz eléctrica, sin alimentos, sin agua potable. Dormimos –si es que era posible- en la calle, amparados por lo que Dios quisiese darnos. Si quisiese prestarnos más vida o no. Como entre las 7pm u 8 pm sucedió una réplica tremenda, que nos agarró en la completa oscuridad.

13Croquis del epicentro del terremoto. Fuente: Revista Geológica de América Central. UCR.


Toda la noche fue un desvelo total, pues sin nada con que alumbrarnos estábamos a ciegas. Sin saber qué hacer, o a quién pedirle ayuda. ¿y a quién le podíamos pedir ayuda? Si todo el mundo estaba tan necesitado de todo.

Al siguiente día la congoja fue creciendo y creciendo. Con sed, hambre y temiendo lo peor así la pasamos. No teníamos noticias de nada. Solo corrían los rumores de que lo peor había ocurrido en el centro de la ciudad y en la periferia de Limón.  

Creo que como al tercer o cuarto día, escuchamos el sonido de los helicópteros que sobrevolaban los cielos del Caribe, pero ninguno se preocupaba por nosotros. Nadie nos visitó. Para poder obtener un pequeño diario de alimentos, mis papas tuvieron que dejarnos ahí e ir hasta el centro de la ciudad, donde ya empezaban a repartir dos pequeñitas bolsas de alimentos. Dicen ellos que la filas eran enormes. Tuvieron que esperar horas para poder obtener tan solo dos miserables bolsas. El agua potable era algo que veíamos cada vez más lejos. La posibilidad de bañarte, o de ir al inodoro era un completo sueño.  Pasaron los días y nunca vimos alguna autoridad de emergencia. Nunca.

Como el agua potable no existía, mi mamá tenía que viajar a Santa Rosa al río, para poder lavar la ropa y cargar agua que luego clorábamos. Por cierto, el viaje era a pie, porque no había servicio de transporte.

Aquello fue algo muy triste no solo para nosotros, sino para todos los limonenses. Un completo abandono y una desidia tremenda por parte de San José, Alajuela, Heredia y Cartago.

Luego nos daríamos cuenta, que aquellos helicópteros que sobrevolaban el Caribe, provenían de Nicaragua. País que ayudó a los limonenses por cuestiones humanitarias. Mientras tanto el Valle Central seguía con su ritmo.

En 2010 me contaron la historia del presbítero de Talamanca, quien con su propia avioneta logró a sacar heridos de las montañas, y así mismo a llevar víveres tan necesarios en aquella tremenda necesidad de todo. Un héroe completo, del cual no recuerdo su nombre.

Y pues bueno, así fueron las cosas. Logramos salir de ese bache casi que por cuenta propia. Ya a estas alturas comprendí que en Costa Rica no hay prevención de emergencias, tan solo hay atención, y por lo general  llega tarde, es insuficiente y además es politizada. Como nos sucedió durante aquellos meses de abril y mayo de 1991.



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