Quadriga® Desde 2012  Ciencia - Conocimiento - Libertad www.laquadriga.com

Imprimir

Así enterraban a los muertos en Costa Rica durante el siglo XIX

on . Posted in Sociedades

Ratio:  / 4
MaloBueno 

Homer DávilaLa pérdida de un ser querido siempre es una dura prueba para quien queda en este mundo. No solo el dolor por el muerto a quien se quiere, sino además por el trajín que se emprende con los preparativos para el funeral. Hoy día (2014), en Costa Rica, para enterrar a una persona, es necesario cumplir con una serie de trámites y la obtención de permisos que suelen representar un “dolor de cabeza” para los familiares. Si el fallecimiento se da en una casa de habitación bajo condiciones naturales, es necesario contar con la participación de  un médico que extienda un acta de defunción. Si el suceso se da en un hospital, los mismos médicos del centro extienden el documento legal. Luego de obtener el acta de defunción, hay que proceder a recurrir a una junta administradora de un cementerio para solicitar (previa compra o venta) de un nicho o espacio en el campo santo, donde depositar el cuerpo. Una vez obtenida la aprobación de recibimiento de los restos mortales, es normal realizar las honras fúnebres religiosas y sociales, para lo cual por lo general se contrata a una empresa funeraria para arregle el cuerpo y lo deposite en un ataúd; luego, se procede a la ceremonia religiosa, donde es necesario encontrar un sacerdote (en el caso de los cristianos católicos) que pueda brindar una ceremonia funeraria.
Finalizado todo lo anterior, se procede al traslado del féretro al cementerio para su final disposición.
Sin embargo, esto no siempre fue así. Hoy gracias al rescate de los escritos de varios viajeros extranjeros a la Costa Rica del siglo XIX, es posible comprender que la forma y trasfondo que conllevaba el fallecimiento de una persona, encuentren muchas diferencias con la actualidad.

Así enterraban a los muertos en Costa Rica durante el siglo XIX

A continuación hemos rescatado el relato de dos reconocidos viajeros que visitaron Costa Rica durante la década de 1830 (John Lloyd Stephens, quien fuese el descubridor de las ruinas mayas en Guatemala, Belice y Honduras) y 1850 (Wilhen Marr, reconocido político antisemita alemán); los cuales hacen descripciones verdaderamente importantes sobre los ritos y procesos funerarios en la sociedad costarricense de esa época; destacando que en los cementerios no podían enterrar personas que no fuesen cristiano católicas, o bien, de que la mayoría de los cadáveres se sepultaban en “tierra” sin féretros o similares. También es posible conocer acerca de cómo en algunos costarricenses, la muerte era vista como un acontecimiento que debía llenar de esperanza y hasta de cierta “alegría” a los familiares del fallecido.

01 0001

Relato de John Lloyd Stephens

«Al final de aquella meseta vimos a San José en una planicie más baja. En lo alto de la cuesta pasamos por delante de una casa que tenía un arco de flores frente a la puerta, señal de que allí había alguien en espera de los últimos sacramentos para ir a rendir sus cuentas finales al otro barrio. Al bajar vimos a distancia una larga procesión precedida por una cruz con un crucifijo. Avanzaba a los acordes de una música de violines y un gran coro de voces que venía escoltando al sacerdote hasta la casa del moribundo. Al acercarse la procesión, los jinetes se quitaban el sombrero y los de a pie se ponían de rodillas. Nosotros la encontramos cerca de un puente angosto al pie de la cuesta. El Sol estaba bajo, pero sus últimos rayos eran abrasadores  para una cabeza descubierta. Llevaban al sacerdote en una silla de manos. Aguardamos a que desfilase y luego , aprovechando un claro en la procesión, pasamos al frente por delante de una larga fila de hombre y otra más larga de mujeres, y cuando estuvimos a cierta distancia me puse el sombrero. Un fanático, retorciendo el gesto, me gritó:

-     - “¡Quítese su sombrero!”

Mi respuesta fue hincar las espuelas en la mula y en aquel mismo instante se introdujo el desorden en toda la procesión. ..

…Por la tarde salí con Mr. Lovel a dar un paseo. Las calles eran todas iguales y no había un alma en ellas. Llegamos a una que parecía no tener fin, y a cierta distancia se nos atravesó una procesión que veía por una de las calles laterales. La precedían unos muchachos tocando el violín; en seguida venían unas andas pequeñas decoradas con buen gusto y cubiertas de flores. En ellas llevaban al cementerio el cadáver de un niño. Seguimos el acompañamiento y al llevar al cementerio pasamos por dentro de una capilla en cuya puerta estaban sentados tres o cuatro hombres vendiendo billetes para una rifa. Uno de ellos nos preguntó si queríamos ver la tumba de nuestro compatriota. Le dijimos que sí y nos llevó a la sepultura de un joven americano a quien yo había conocido de vista, así como personalmente a varios miembros de su familia. Murió cerca de un año antes de mi visita y en sus funerales hubo circunstancias deplorables. El vicario rehusó enterrarlo en tierra bendita. El doctor Brealey, único europeo avencidado en Cartago, y en cuya casa había fallecido, se fue a caballo a San José, y alegando enérgicamente lo que estipula el tratado entre los Estados Unidos y Centro América, obtuvo una orden del Gobierno para que lo enterrasen en el cementerio; pero el vicario fanático procediendo, según dijo, en nombre de un poder superior, rehusó hacerlo. Se envió un mensajero a San José y despacharon de allí a dos compañías de soldados a la casa del doctor para escoltar el cadáver hasta la sepultura. Por la noche se puso una guardia a fin de impedir que lo exhumasen y lo tiraran fuera del cementerio. Al día siguiente el vicario con la cruz, las imágenes de los santos, todos los emblemas de la Iglesia y un gran concurso de vecinos se fue al cementerio y bendijo de nuevo la tierra que había sido profanada con la inhumación de un hereje. La tumba es la tercera a partir de la galería.

Diapositiva0

En ésta y en un lugar honroso, entre los principales difuntos de Cartago, descansa el cuerpo de otro extranjero, de un inglés de apellido Baillie. La víspera de su muerte se llamó al Alcalde para escribir su testamento, y el alcalde, de acuerdo con la fórmula usual, le preguntó si era cristiano. Mr. Baillie respondió que sí y el alcalde lo inscribió como cristiano católico, apostólico, romano. Tal no había sido la intención de Mr. Baillie. Estaba al tanto de la dificultad ocurrida en el caso de mi compatriota y, deseando evitar a sus amigos una controversia desagradable y tal vez inútil, había indicado ya un árbol a cuya sombra quería que lo enterrasen. Falleció antes de que le leyeran el testamento, la respuesta dada por él al alcalde se consideró como una prueba de su ortodoxia, sus amigos no intervinieron en el asunto y fue sepultado bajo la dirección especial del clero y con todas las ceremonias más santas de la Iglesia. Aquel fue el día más grande de que se tiene memoria en Cartago. Todo el vecindario asistió al entierro.  La procesión salió de la puerta de la iglesia precedida por violines y tambores, a continuación marchaba el clero con todas las cruces, imágenes de santos y estandartes acumulados desde la fundación de la ciudad. En las esquinas de la plaza y de todas las calles principales hizo posas la procesión para cantar aleluyas por el regocijo que había en el cielo con motivo del arrepentimiento de un pecador.

Estando en la galería vimos pasar el hombre que había acompañado las andas, con el cadáver del niño en brazos. Era su padre y con la sonrisa en los labios lo llevaba a la sepultura. Le seguían dos muchachos tocando el violín y otros andaban por allí riendo. El niño estaba vestido de blanco y tenía una corona de rosas en la cabeza. Reposando en los brazos de su padre no parecía estar muerto sino dormido. La sepultura no se encontraba enteramente lista y los muchachos se sentaron en el montón de tierra excavada, tocando el violín hasta que la terminaron. Entonces el padre llevó al niño hasta su última morada, poniéndole la cabeza hacia donde nace el Sol y las manecitas sobre un pequeño crucifijo de madera; y el niño, conforme lo pensaban los presentes, parecía feliz de librarse de las penalidades de un mundo engañoso. No se derramaron lágrimas; al contrario, todos estaban alegres; y aunque esto parecía falta de corazón, no era porque el padre no amase a su hijo, sino que a él  y todos sus amigos les habían enseñado a creer, y así lo creían firmemente, que muriendo el niño en edad tan temprana iría derecho a un mundo mejor. El padre echó un puñado de tierra sobre la cara de su hijo, el sepulturero tomó la pala, la pequeña sepultura pronto fue rellenada y precedidos por el muchacho que tocaba el violín, nos marchamos todos juntos».

Diapositiva3

Relato de Wilhen Marr

«En el extremo oriental de La Sabana se encuentra el cementerio, «el panteón» , en el cual los ricos entregan a los gusanos sus cadáveres metidos en nichos de piedra.

En este país los muertos no se pueden dejar sin enterrar más de veinticuatro horas, a causa de la rápida descomposición producida por la atmósfera. Los envuelven habitualmente en un sudario, los llevan a la iglesia en unas andas descubiertas y pintadas de diversos colores y allí el «padre» manda con agua bendita el diablo al diablo, el cual siempre podría haber encontrado una “habitación garnie” en el cuerpo del difunto. Luego, precedido de un violoncelo y de violines que hacen una música lamentable, lo llevan al cementerio y lo tiran en la fosa puris naturalibus.

En frente del cementerio nacional  se encuentra el de los extranjeros protestantes, rodeado de un muro de piedra y con una verja de hierro que sirve de puerta de entrada. No hay monumentos que merezcan verse.

El pueblo de Costa Rica es el más tolerante que he conocido en materia de religión. El clero es demasiado ignorante para tener alguna mayor influencia que la necesaria para imponer de vez en cuando a las mujeres una contribución de algunos reales. Jehová y Mercurio son dos divinidades rivales, y la desigualdad de las armas es demasiado grande a favor de Mercurio para que se pueda establecer un dominio de la devoción tendenciosa.

Diapositiva000

Cuando el sacerdote, llevado en una silla de manos, se dirige a la casa de un enfermo con los últimos sacramentos, es costumbre que todos se arrodillen a su paso; pero el sonido de una campanilla y de los instrumentos de cuerda que lo preceden tocando alegres sonatas avisan a tiempo a los transeúntes y toda la parte masculina huye al interior de las casa para no ensuciarse los pantalones. Aparte de su ignorancia crasa, el alto clero se compone en general de alegres y regocijados colegas que producen café o llevan sus bueyes al mercado, como el jovial y rumboso padre Bonilla, o construyen casas y procrean hijos, como el padre Madriz, el cual, de veinticuatro frutos vivos del amor, ha reconocido doce como legítimos y les ha hecho legados en su testamento; o, por último, que buscan la verdad en el vino, como el sediento padre Calvo. Con todo, en Costa Rica tiene el clero cierto sello de pureza y no creo que al médico se le constituya  con tanta frecuencia en “censor”[1] de la célebre bula de Gregorio VII, como a diario nos sucedía en Nicaragua al Dr. Behrend y a mi».


Bibliografía

- Fernández Guardia, Ricardo. Costa Rica en el siglo XIX. Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA). 1970.
Pérez Luna, Julio A. John Lloyd Stephens. Los indígenas y la sociedad mexicana en su obra (http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/1/252/9.pdf)

[1] Bula que trata del celibato eclesiástico. N. del T.


Opina y recomienda

Share on Myspace

Artículos relacionados

Geografía de Costa Rica