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La cofradía de los Ángeles: la historia oculta tras la Virgen de los Ángeles

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Ricardo Fernández Guardia
Tomado de Crónicas Coloniales. Transcripción Tribu Global

negrita2la tradición que el 2 de agosto de un año no consignado  en ningún documento conocido, pero que se supone sea el de 1635, una india fue a lavar ropas en las inmediaciones de la ciudad de Cartago, a una fuente cuyas aguas manan bajo una piedra,sobre la cual halló una imagen de la Virgen de un palmo de altura y toscamente labrada engranito negro. Concluida su tarea se la llevó, poniéndola a buen recaudo en su pobre choza; pero a la mañana siguiente la imagen había desaparecido. Muy preocupada por tan inexplicable suceso, la india se marchó de nuevo a la fuente, y cuál no sería su asombro al ver la imagen donde mismo estaba la víspera. No tardó en divulgarse el prodigio y de él se dedujo, por la fecha del hallazgo, que la imagen era la de Nuestra Señora de los Ángeles, así como su voluntad de que se le erigiese un templo en aquel sitio, por su misterioso regreso a la piedra. No ha conservado la tradición el nombre de la india que halló la milagrosa imagen ni otros detalles del suceso. Lo único que consta en documentos de la época es que en 1639 ya se estaba fabricando una ermita en el mismo sitio donde ahora está el santuario de la Virgen, y que en el mes de enero de 1653 fray Alonso Briceño, obispo de Nicaragua y Costa Rica, aprobó las ordenanzas de la cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles, formada el año anterior por los pardos, erigiéndola canónicamente.  Porque al principio y durante largo tiempo después, la devoción a la imagen hallada por la chola fue sólo de las clases bajas, de los indios y especialmente de los negros y mulatos de la Puebla de los Ángeles, que vivían separados de los blancos de Cartago, sirviendo de lindero entre ambas poblaciones una cruz de Caravaca o  de cuatro brazos.

La virgen de Ujarrás y la invención de la virgen chola

Los españoles permanecieron fieles a la antigua y también milagrosa imagen de Nuestra Señora de la Concepción, que tenía su santuario en el pueblo de Ujarraz, como se infiere de la circunstancia de haber acudido a ella y no a la de los Ángeles, cuando la gran invasión de los piratas en 1666.

Pero andando el tiempo los blancos fueron aficionándose también a la imagencita negra, y así vemos que en 1669 el maestre de campo D. Juan Fernández de Salinas y de la Cerda, cuarto Adelantado de Costa Rica, hizo donación a Nuestra Señora de los Ángeles de un cacaotal situado en Matina. En lo que sucesivo hubo otras donaciones de la nobleza y en 1675 se comenzó a edificar una iglesia de cal y canto, que vino a reemplazar a la primitiva ermita. Esta iglesia parece haber resistido bien los grandes temblores de tierra que hubo en 1677, porque el 12 de abril del año siguiente, el deán y cabildo sede vacante de León de Nicaragua la señalaron para hospicio de unos frailes agustinos descalzos que pretendían establecerse en Cartago, por cuanto tenía “más decente forma de iglesia y de cuartos de vivienda en que pueda hospedarse dicha sagrada religión” que la ermita de San Nicolás Tolentino, la cual estaba en ruinas como los demás templos de la ciudad. La cofradía de los Ángeles y el procurador síndico de Cartago protestaron contra esta medida, que no se llevó a efecto. A fines de 1715 la iglesia fue arruinada por un terremoto y reconstruida sin demora con limosnas de toda la provincia, de Nicoya y hasta de Nicaragua. En 1722, año en que se terminaron los trabajos, la cofradía de los Ángeles era mixta de españoles y pardos. El gobernador D. Diego de la Haya Fernández había aceptado ser su mayordomo y gastó una buena suma de su caudal en la nueva iglesia, construyendo además, a sus expensas y contigua a la sacristía, una sala de grandes dimensiones para la congregación.

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A semejanza de las otras cofradías de la ciudad de Cartago, la de los Ángeles celebraba todos los años la festividad de su patrona con funciones religiosas y fiestas profanas. Esto fue motivo para que el obispo D. Fray Benito Garret y Arloví prohibiera en 1711, bajo pena de excomunión, que se gastasen los fondos de las cofradías en carros, comedias, torres, zarabandas u otros bailes. Dispuso además que las festividades se limitasen a los estrictamente religioso; pero su edicto no se cumplió al pie de la letra, cuando menos en lo que se refiere a la cofradía de los Ángeles. El mismo D. Diego de la Haya costeó también un cuarto, en el recinto del santuario, para que en él preparasen las patronas, en tiempo de fiestas, el refresco de costumbre, porque la devoción a la imagen criolla iba en aumento cada día, siendo buena prueba de ello la promesa solemne que el clero de Cartago hizo a Nuestra Señora de los Ángeles en ocasión de la peste desconocida que azotó la ciudad en 1737. El 12 de julio de este mismo año, el gobernador D. Francisco de Carrandí y Menán escribió al presidente de la Audiencia de Guatemala proponiéndole que se adjudicase a los misioneros del Colegio de Cristo Crucificado, para su hospicio, la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, “contigua a esta ciudad, capaz y primoroso albergue para el efecto”. A partir de esta época, se invocaba a la milagrosa imagen en toda clase de calamidades. Así sucedió en el terremoto que hubo por la tarde del 14 de julio de 1756. D. José Miguel de Guzmán y Echavarría, cura de Cartago, se fue con el clero y los franciscanos a implorar su socorro rezando el rosario. En presencia de la muchedumbre que había acudido al santuario, penetraron los sacerdotes de rodillas y cantando las letanías hasta el altar mayor. Prosternados allí ante la imagen le pidieron auxilio, poniéndose luego todos a barrer la iglesia, en tanto que los files espectadores derramaban lágrimas al contemplar tanta humildad. Estas piadosas demostraciones terminaron con el voto solemne que el clero y el vecindario hicieron de cantar una misa de acción de gracias todos los años a Nuestra Señora de los Ángeles el 14 de julio.

El "culiadero"

Gran concurrencia de personas el día domingo 19 de mayo de 1968A mediados del siglo XVIII el santuario que origen tan modesto tuvo era ya muy famoso, y a él llegaban constantemente peregrinos y romeros de toda la provincia y aun de fuera de ella. Se añadieron otras habitaciones a las dos primeras edificada por D. Diego de la Haya, formándose así la casa grande llamada de la Congregación, que servía para los usos más diversos. En ella se celebraban las juntas y cabildos de la cofradía, se alojaban los peregrinos y asilados, se guardaban los altares portátiles, los retablos y muebles viejos, todo cuanto servía de estorbo o no tenía cabida en la iglesia, y en el mes de agosto se hacían también grandes fiestas que fueron degenerando hasta tomar un carácter verdaderamente escandaloso. Durante más de veinte días, y con pretexto de devoción, Cartago se entregaba a una licencia que pasma. Para cada día de fiesta nombrábase una patrona y un mantenedor, que escogidos entre las gentes más encopetadas de la ciudad, que se creían en la obligación de echar la casa por la ventana. El primero de agosto, después de las vísperas, damas y caballeros, en alegre cabalgata, traían los toros a la propia lonja del santuario, embriagándose con exceso. En los días sucesivos el programa de las fiestas variaba un poco. Por la mañana se celebraban las funciones religiosos y después había un almuerzo suculento; en la tarde corrida de toros, un refresco y una comida opípara, comedias y entremeses; por la noche una cena espléndida y un baile que duraba generalmente hasta el amanecer. Todo esto con acompañamiento de mucho rosolí, y otros licores que hacían perder la cabeza a hombres y mujeres. En la información que el año 1782 hizo seguir D. Esteban Lorenzo de Tristán sobre los escándalos de las fiestas de la cofradía de los Ángeles, hace los testigo revelaciones sorprendentes. El padre D. Juan José de la Madriz Linares dice que el lugar donde se celebran merecía el nombre de a “Casa de la Congregación de la iniquidad y hospedería de todo el infierno”; porque en ella, “por ser tan grande de muchas piezas, se encerraban en las noches de fandangos y se cometieron maldades inauditas”. D. Ramón de Azofeifa, cura de Cartago, declara que “en esos espléndidos convites abundan con exceso los licores, de modo que son muchísimas las pendencias, y lo peor de todo es que después de muy comidos y bebidos se entabla un baile o zarabanda que dura toda la noche, porque el mayor lucimiento de todos los mantenedores cosiste en que les amanezca en su fandango”. Añade que como la casa era tan grande y tenía distintos aposentos, el demonio proporcionaba en ella las facilidades que no tenían en sus casa las mujeres casadas y las jóvenes doncellas; que allí había cocina pública por la gran concurrencia de forasteros, entregándose éstos al galanteo y a la lujuria”, “mezclándolos entre los salvajes y oraciones que rezan cada día”, escándalo no visto en ningún santuario del mundo. El padre D. José Francisco de Alvarado se lamenta de que “en esta provincia de Costa Rica es muy grande, muy pública y muy notoria la disolución de la lujuria, pues en toda clase de familias se encuentran a cada paso los deslices y caídas… porque Dios crió a las mujeres de esta provincia hermosas y frágiles”. Añade que los sacerdotes se retiraban llegada la noche, por tememos de tener desagrados con las autoridades y vecinos principales que concurrían a los bailes, quedando la casa sin quien la cuidase “y no con muchas luces”, porque sólo se ponían en la sala grande donde se bailaba. D. Francisco Juan de Pazos, promotor fiscal eclesiástico, escribe: “La casa de Nuestra Señora de los Ángeles se había vuelto escuela para aprender a bailar, a enamorar y… pero no se atreve el fiscal a decir lo mismo que treinta, cuarenta o cien imprudentes se atreven a ejecutar en aquella santa casa con capa de devoción y motivo de las fiestas”. Imitemos al discreto fiscal, suprimiendo aquí más de una palabra pronunciada por los testigos, que podrían ruborizar a los lectores.

Pleitos entre el clero y las concubinas de las autoridades

bacanal-lanegritaDurante el gobierno del teniente coronel D. José Joaquín de Nava llegaron las fiestas de la cofradía de los Ángeles a su apogeo. Ninguno se mostró tan asiduo como él a los bailes y francachelas y en su tiempo hubo uno de los mayores escándalos presenciados por la ciudad de Cartago en la época colonial. No fue actor en él, pero le tocó muy de cerca, como se verá. El caso sucedió así: el 17 de agosto de 1772, a las tres de la tarde, subieron al campanario de la iglesia de los Ángeles, a presenciar la corrida de todos, los padres D. Ramón de Azofeifa, D. Francisco Robredo y D. José Miguel Sancho de Castañeda. Dos años antes, el visitador D. Juan José de la Madriz Linares había prohibido que las mujeres ocupasen ese lugar, como solían hacerlo, debiendo quedar reservado para los eclesiásticos. No obstante esta prohibición encontraron a varias señoras instaladas en la torre, entre ellas dos viudas hermosas y de muchas capanillas: Da Joaquina López del Corral y Da Manuela Fernández de la Pastora. Esta circunstancia obligó al padre Azofeifa a quedarse a espaldas de las señoras y al padre Robredo en la escalera. En cuanto al padre Sancho de Castañeda, menos tolerante, fue a sentarse en el antepecho de la ventana, delante de las señoras. Este acto de escasa cortesía sulfuró a Da Manuela Fernández de la Pastora, muy altiva y arrebatada. A sus enérgicas protestas contestaron agriamente D. Ramón de Azofeifa y el padre D. Fernando de Arlegui, que también estaba allí; pero Da Manuela replicó de tal modo que los redujo al silencio. Sancho de Castañeda, quien al principio había estado haciéndose el sueco, intervino entonces y le dijo que el lugar estaba reservado para los clérigos y que no debían volver a él ni ella ni ninguna otra mujer. Tan vehemente fue la respuesta de Da Manuela, que el padre tuvo que callar también.

El lance dio mucho que hablar por la calidad de las personas que en él tomaron parte. Da Manuela era hija del difunto gobernador D. Francisco Fernández de la Pastora y hermana, por su madre, de Da. Joaquina López del Corral,  que vivía en pública intimidad con D. José Joaquín de Nava desde que éste llegó a Cartago en 1764; y aunque todos sabían que el gobernador era casado en España, a Da Joaquina se le trataba como a su legítima consorte. Las costumbres licenciosas de la época permitían esto y algo más. Por consiguiente debía serle dolorosa la descortesía del padre Sancho de Castañeda. Este, por la familia a que pertenecía, pero no tanto como para imponerse a Da Joaquina e indirectamente al gobernador de la provincia, quien habría de ampararla si era preciso. Tampoco Da Manuel estaba sola, pues eran bien conocidas sus relaciones amorosas con D. Mateo Herdocia, quien menos discreto que Nava anduvo publicando su ira contra el padre y el consejo que había dado a Da Manuela de apalear a Sancho de Castañeda si volvía a faltarle el respeto.

Al día siguiente nada ocurrió, sin duda por haberse abstenido el padre o las señoras de ir a la torre; pero el 19 de agosto llegaron a ver la corrida de toros D. Juan de Bonilla y D. José Manuel Sancho de Castañeda, padre del presbítero D. José Miguel, acompañado de sus dos hijas. Poco después subieron Da. Joaquina y Da. Manuela con hermana Da. María Francisca López del Corral, viuda también. En aquellos tiempos había en Cartago abundancia de viudad. Da. Manuela llevaba ostensiblemente un parasol de varilla muy gruesa que le había obsequiado su amigo D. Mateo Herdocia. Desde que tomaron asiento, las tres hermanas se pusieron a comentar en voz alta el incidente de las antevíspera, haciendo reflexiones muy desagradables para los Sanchos de Castañeda que las oían en silencio. De pronto llegó el padre D. José Miguel con un látigo en la mano, porque había venido a caballo, según dijo; pero es probable que hubiese tenido noticia del famoso parasol regalado de Herdocia. No obstante que la presencia de sus hermanas en la torre de la iglesia le obligaba a tolerar la de las otras señoras, el padre no quiso darse a partido. Abriéndose paso como pudo, se acercó a la ventana y dijo a Da María Francisca:

-          Con su licencia me voy a sentar delante de usted.

Sin detenerse ante las miradas furibundas que le dispararon las tres hermanas, el padre se acomodó en el antepecho de la venta con las piernas colgando sobre las cabezas de los que estaban en un tablado construido al pie de la torre.

-          ¡Usted me atropella, sentándose delante de mi! – exclamó Da Francisca, roja de cólera.

-          No es ningún atropello – repuso el padre- . ¿Por qué han venido ustedes a meterse aquí, habiéndoles advertido yo que no volviesen?

-          ¡Es usted un monigote ignorante! – le gritó Da Manuela, acudiendo a la defensa de su hermana- ¡Ni siquiera sabe usted decir misa!

El padre fuera de sí, replicó con un latigazo en la bonita cara de D. Manuela, y esta, no menos enfurecida, le atizó a su vez tantos palos con su parasol y le puso en tal peligro de caer de la ventana, que D. Romualdo Muñoz de la Trinidad, uno de los que estaban en el tablado, tuvo que agarrarlo de los pies para ayudarle a bajar. Todavía le alcanzaron algunos palos en el tablado, y Da María Francisca lo desafió a gritos para que saliese a reñir con ella.

El descalabro del padre fue completo y el escándolo fenomenal. Por otra parte, nadie dudaba que el suceso habría de tener graves consecuencias. En efecto, el padre Sancho de Castañeda presentó una queja al cura de Cartago en que le pedía la excomunión de las tres hermanas y la de Herdocia por haber suministrado éste el famoso quitasol. El cura mandó poner en tablilla a Da Joaquina, ya fuese por haber tomado una parte menos activa de la reyerta, o por consideraciones al gobernador. No paró aquí el asunto. En la tarde del 20 de agosto llegaron a visitar a Sancho de Castañeda los padres D. Manuel de Casasola y D. Mateo Herdocia, quien les había dicho que dentro de dos horas iría a matarlo en su casa por el insulto inferido a Da. Manuela. El padre, muy alarmado, se apresuró a escribir al cura a fin de que exhortase al gobernador para que pusiese a D. Mateo en la cárcel, y entretanto se atrancó con guardas. Herdocia estuvo efectivamente rondando la casa al anochecer, pero ni el padre ni sus guardas asomaron las narices.

Se comprende que el gobernador estuviese más que nadie interesado en el arreglo del conflicto. Por sus relaciones públicas con Da Joaquina, se sentía demasiado vulnerable para solidarizarse con las hermanas de ésta en un asunto que podía llegar a conocimiento de la Audiencia, provocando revelaciones sobre su vida y milagros ante la autoridad superior del reino. Así fue que se aplicó a calmar los ánimos exaltados de las señoras, hasta conseguir que Da Manuela y Da Francisca se allanasen a pedir perdón a Sancho de Castañeda, como lo hicieron en la puerta de la iglesia en su presencia y la de varios clérigos, pidiéndolo a su vez el padre a las dos amazonas. D. Mateo Herdocia opuso mayor resistencia, pero al fin convino en escribir una carta de excusas y la excomunión les fue levantada a todos.

"El culiadero" llega a su fin... por el momento.

negrita1Piedra con la imagen de la virgen de los ángeles.Los escándalos de la cofradía de los Ángeles continuaron hasta 1782, año en que el obispo  D. Esteban Lorenzo de Tristán le puso fin con no pocas dificultades. Comprendiendo que si prohibía radicalmente las fiestas, como lo hicieron en diferentes ocasiones los visitadores, no sería obedecido, resolvió dejarlas subsistir, pero sin los escándalos a que daban lugar. Este no podía conseguirse mientras siguieran celebrándose en la casa de la Congregación, y así era menester encontrar la manera de desterrarlas de allí. El obispo se puso de acuerdo con el gobernador D. Juan Flores, el cabildo y la cofradía de los Ángeles para que la sagrada imagen se trajese todos los años en procesión a la iglesia mayor, a fin de que en ella se celebrasen sus fiestas, debiendo hacer los mantenedores y patronas los almuerzos, comidas, cenas y bailes en sus casas, y que una vez terminados los festejos volviera la imagen a su santuario. Este fue el origen de la ceremonia que se conoce con el nombre de La Pasada y se hizo por primera vez en 1782. El 14 de agosto del mismo año, el obispo Tristán, a instancias de las autoridades y vecinos de Cartago, declaró por patrona de la ciudad a nuestra señora de los Ángeles. Además, con el propósito de “cerrar para siempre la puerta de aquel santuario a los bailes, convites y escándalos”, estableció en la casa de la Congregación una clase de gramática regida por el padre D. José Antonio Bonilla; y para consolidar su obra hizo que todo esto se votase con gran solemnidad el 18 de agosto, último día de las fiestas. En presencia del Santísimo Sacramento, sentado en su sitial en el altar mayor y revestido de pontifical, el obispo recibió los votos del clero regular y secular, del gobernador, de los capitulares y vecinos principales.

virgen-basilicaPero hemos de creer que no todos quedaron satisfechos con el cambio, cuando vemos que tres días después y con gran sorpresa del obispo fueron a visitarle D. Rafael de Alvarado, sindico personero, y el alférez real D. Antonio de la Fuente, para pedirle que la clase de gramática se pusiese en el hospicio de la Soledad. Preguntóles el obispo si aquel era juego de niños y bien se comprende que no quisiese acceder a una pretensión que tenía nada menos que a destruir toda su obra. Lo que él supuso juego de niños vino a resultar juego de mujeres; porque se averiguó que detrás de D. Rafael de Alvarado y de Don Antonio de la Fuente estaba el gobernador Flore, y que éste se movía por complacer a una “encantadora” con la cual daba escándalo. No cedió D. Esteban Lorenzo de Tristán ante las exigencias e intrigas del gobernador encantado, quien movió cielo y tierra para reabrir las puertas de la casa de la Congregación a las fiestas que tan del gusto fueron de la aristocracia de Cartago; y por último, después de mucho vaivén de papeles, se acabaron para siempre los escándalos de la cofradía de los Ángeles.

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