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1529 Las fiestas de las cosechas

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[Gonzalo Fernández de Oviedo] Hace más de 400 años, en la tarde de un día de agosto de 1529, la plaza de Nicoya fue el escenario de una de las tres fiestas principales celebradas a lo largo del año por los indios nicoyanos.  A sus dioses, en acción de gracias por las cosechas de maíz, frijoles, cacao y algodón, consagraban tales festejos.

Era de ver en esta celebración a centenares de indios e indias, (las más hermosas que yo he visto en aquellas partes, dice Oviedo), con los cuerpos pintarrajeados, tocadas las cabezas con plumajes de colores, semivestidos con telas de algodón de tintes vistosos, de su propia fabricación. Las indias con el cabello recogido bonitamente en dos trenzas y con los pies calzados con “gutaras” (zapatos nuevos; los varones con el pelo corto, menos los guerreros, los valientes “tapaguis”, quienes llevaban crecido el pelo de la coronilla en forma de borla, distinción que significaba que habían vencido a un contrario en combate singular. Llamaba la atención ver a muchos indios exhibiendo botones de hueso o de oro en los labios horadados.

8210973107 bdaec635b5 bFotografía: A. Solórzano. Flickr

A la fiesta asistía, como de costumbre, el Cacique; llamábase Nambì. El cacique junto con los señores principales ocuparon un lado de la plaza y sentados en sendos duhos (bajos banquitos de madera), se dispusieron a presenciar los areitos (danzas) rituales.
Se oyeron golpes de muchos atabales: las mujeres, cogidas de los brazos o de las manos, formaron un amplio círculo; otro, concéntrico, formaron los hombres en torno al de las indias. Al son de los atabales los danzantes se movían con gracia y se acompañaban sus movimientos de cabeza y de cintura con un canto monótono que llenaba toda la plaza. Dentro del espacio libre de ambos corros de danzantes, otros indios andaban sin cesar repartiendo chicha fuerte de maíz.
sacrificiohumanoSacrificio humano. ilustración de J. Quintana.Nambí y sus señores eran atendidos continuamente por sus criados quienes le servían en jícaras ya chicha, o ya chocolate caliente. El cacique y los señores de su séquito se pasaban de uno a otro un “yapoquete” (rollo de hojas de tabaco)
Después de varias horas de bailes y de cantos, cuando ya la multitud se hallaba embriagada y delirante por efecto de la chicha, se inició la ceremonia religiosa. Todo el pueblo se agrupó en torno al altar levantado en un ángulo de la plaza y coronado por la piedra de los sacrificios. Los sacerdotes hicieron subir al altar cuatro hermosas muchachas; tumbándolas sobre la piedra de los sacrificios, les abrieron el costado con cuchillos de obsidiana, les sacaron el corazón, que junto con la sangre de las jóvenes doncellas fue ofrecido al Sol. Con sangre untáronse los sacerdotes labios y frentes; con sangre untaron los ídolos del altar. Enseguida arrojaron al pueblo los cadáveres de las víctimas para que se los comieran como manjar santo.
Hecho esto, todas las mujeres alzaron un griterío espantoso y dando alaridos corrieron como venados a esconderse en los montes cercanos. Padres y esposos corrieron tras ellas persiguiéndolas. Cuando las alcanzaron hiciéronlas volver a sus ranchos, a fuerza de ruegos o dádivas, y a las más reacias, a palos. La mujer que lograba llegar más lejos sin ser cazada, era muy alabada y respetada por ese motivo.
Al otro día continúo la fiesta. Ya no hicieron el sacrificio humano, sino que en el altar colocaron manojos de mazorca de maíz. Los sacerdotes primero, luego Nambí, se acercaron al altar y con navajitas de pedernal sajáronse la lengua, las orejas y otras partes del cuerpo. Con sangre empaparon las mazorcas de maíz, y tras los sacerdotes y el Cacique, todos los demás indios, por categorías, hicieron lo mismo. Repartieron el maíz ensangrentado entre la multitud que lo comió devotamente, pues era un alimento sagrado.

Colaboración y transcripción de Gustavo Jiménez

Texto extraído de Páginas Ticas. Libro primero, San José. Costa Rica, 1958.

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